Don Vicente Martínez del Río. Silviano Martínez Campos

Martínez Campos, 4/III/08

MI ZIQUITARO, SEMBLANZAS

DON VICENTE MARTINEZ DEL RIO

Silviano Martínez Campos

Para entender a nuestros abuelos (bisabuelos o tatarabuelos para muchos, muchas, de ahora), habrían de entenderse sus tiempos que, obvio, no eran los nuestros. Entonces, el rasero para medirlos, si es que nos atrevemos a medirlos, es el de ellos y no el de nosotros.

Ni el mundo, ni México, ni Michoacán, ni nuestra región, ni nuestro municipio, ni nuestro Ziquítaro, son los mismos. Ni de Ziquítaro hacia el mundo, ni del mundo hacia Ziquítaro, también es obvio.

Y muchos de nosotros hemos vivido lo suficiente para poder entenderlo. Y a los muy jóvenes hay qué decirles, benevolentemente, para que juzguen con prudencia y con tolerancia y quizás con amor, a quienes debemos la vida, personal y social.

Juzguen, dije, una palabra cargada, con tintes condenatorios, lo que no es el caso. Queda mejor la palabra “crítica”, que nos lleva a discernir, a separar, como en los viejos harneros, la semilla de la paja.

Pero la crítica social, eso sí, debe hacerse con competencia y con responsabilidad. De no ser así, resultarían golpeteos pasionales que, si alguna vez enturbiaron la vida comunitaria, deberían, deberán ahora quedar desde luego sepultados en el pasado.

El tiempo de nuestros abuelos fue agitado y para muchos de nosotros resultaría incomprensible. El país, nuestro México, acababa de salir de una guerra civil, hacía pocos años, si acaso una década, una guerra civil como lo son todas, sangrientas: la Revolución Mexicana.

Estaba pues inmerso México —y nuestra pequeña comunidad de entonces por consiguiente—, en un clima social y  político muy agitados, de tanteos, de definiciones, cuando el poder establecido, el incipiente poder de los triunfadores en la contienda, se estaba afianzando.

Fue en aquellos días, de fines de la década de los veinte, cuando comenzó a tomar forma la nueva fisonomía territorial de Ziquítaro, con su reparto de tierras, resultado de la reforma agraria, tierras hasta entonces haciendas, como hizo memoria, mencionado en su respectiva semblanza, aquí mismo, en Mi Ziquítaro, don Francisco Campos Báez

El país no se pacificaba del todo aún, lo cual realmente sucedió, conforme lo relatan historiadores, en tiempos del querido michoacano, el Presidente general Lázaro Cárdenas del Río.

El ejido, en todas partes, Ziquítaro incluido, empezaba a tomar forma, mediante los decretos presidenciales de rigor y las primeras dotaciones de tierras, que en el caso fueron a fines de los veinte, concretamente en 1928 la primera.

Fueron los tiempos de don Vicente Martínez del Río y de muchos a quienes conocí en mi infancia o en mi primera juventud. Para mencionar algunos:  don Francisco Mora, don Gabriel Maldonado, don Francisco Vargas, don Feliciano Aguiñiga,  don Refugio Campos, don Delfino Aguiñiga, don J. Trinidad Aguiñiga, don Emilio Mejía, don Luis Mejía, don Luis Maya, don Ricardo Maldonado, don José Duarte, doña Altagracia Sepúlveda, doña Luz Duarte, doña María Cerda, doña Petra Mejía, don Amado Maya, don Ramón Carranza, doña Cleofas Serrato, don Emigdio Madrigal, don Trino Madrigal, doña Glafira Sánchez, don Pascual Aguiñiga, doña Martita Maldonado.

Y don Gil Maya, don Aureliano Salgado, don Ignacio Salgado, doña Juanita Silva, don Joaquín Mejía, doña Rafaela Arias, don José Nájera, don Refugio Garnica, don Francisco Bolaños, doña Luz Campos, don Luis Martínez, don Francisco Silva, don Francisco Ibarra, don Feliciano Ventura, doña María Pérez, don Eliezer Campos y muchos otros, muchas otras que con su presencia, su trabajo, sus acciones, hicieron al Ziquítaro que ahora conocemos.

Mucho de lo que sucedió en todas partes, aquí también, en nuestro municipio, en nuestra comunidad, tiene su explicación en los procederes del poder central que requería afianzarse y copaba fidelidades de personas y grupos, desde el triunfo de la facción dominante, en la Revolución Mexicana, hasta décadas después.

Necesitaba el sistema, y esto fue  por mucho tiempo, en casos, “hombres fuertes” a quienes toleraba, a veces contra las más elementales normas de la justicia, en una especie de toma y daca. Control pues, que por fortuna se está diluyendo y al rato quedará como reliquia de la historia.

Aquellos fueron, pues, los tiempos también de don Vicente Martínez del Río, buen escribano, de letra manuscrita bellísima, fuerte de carácter según se decía, pero pacífico y devoto. Resultado de la escuela elemental, de los principios de siglo, que enseñaba con energía y con sumo cuidado a leer y a contar. Llegaron a permanecer en la memoria maestros como don José Ríos y las señoritas Luisa y Luz Díaz, en fechas posteriores.

El contar que no pasaba de las cuatro operaciones fundamentales, tal vez, y el escribir con el arte de la caligrafía artística, que hacía de cada texto un poema en su forma, en contraste con los apresurados garabatos que muchos de ahora trazamos, aturdidos por la prisa y copados por la técnica primero de la máquina de escribir mecánica, y ahora por la computadora.

Difícil hablar (escribir) de un abuelo. Se cuelan necesariamente las apreciaciones subjetivas, pero vaya la justificación porque eso, y no otra cosa, es una semblanza, o debe serlo: una aproximación, siempre superficial, siempre provisoria, siempre provisional porque nadie podemos, ni debemos pretenderlo, entrar en la intimidad del otro más de lo que él quiera decirnos o su persona permita atisbarlo.

Bien recuerdo aquella fecha, creo que en mayo de 1946, cuando falleció doña Petra Mejía. Entonces el tío Talí (Neftalí) llegó frente al “Colegio Vasco de Quiroga”, en Penjamillo, montado en su caballo flor de durazno, a avisarle al sobrino que había fallecido su abuela.

Y el sobrino, según decían, llegó ante el féretro, con aquella espontaneidad propia del aún niño, haciéndose el representante, en el duelo, de don Encarnación Martínez Mejía, ausente en aquellos días de pleno bracerismo en los Estados Unidos. Claro, esa solemnidad del “representante” espontáneo, habría de causar alguna cariñosa sonrisa. Y en 1954, cuando el abuelo falleció, no habría de tener la oportunidad de acompañarlo en sus últimos días, aunque  lo vi,  meses antes, en la ciudad de México, con visibles muestras de deterioro.

Pero don Vicente, por cuyos buenos oficios, su influencia ante mis padres, pasé por el Colegio de Penjamillo, habría de confiar en su nieto, tiempo después, al entregarle un poema compuesto a doña Petrita, poema que los años habían de traspapelar en algún lugar. Pero quedaba en él, el dolor por la ausencia. La constancia en uno de los versos finales, que hacía referencia a un “tope” (beso) de despedida a la compañera y madre de su descendencia.

Don Vicente se traía los suyo y tal vez abrigaba en su nieto la esperanza de una vocación afianzada, por el lado del clero. Por eso nos acompañó a Ramón Martínez y Ramiro Quintana, de Penjamillo, y a mi, que escribo esto, la primera vez (fines del 47, principios del 48) que fuimos a una especie de escuela preparatoria para los futuros seminaristas en la ciudad de Puebla: la Escuela Apostólica de “Nuestra Señora de Guadalupe”, donde terminé quinto y sexto de primaria.

A este propósito, tal vez revele un poco indirectamente la relación con el entones párroco de Penjamillo, don Adolfo Guerrero, un comunicado a máquina de escribir,  que el sacerdote mandó a don Vicente los últimos días de 1947. Dice así: “Penjamillo, 31 de dic. De 1947. Sr. Vicente Martínez, Ziquítaro, Mich. Estimado amigo. No puedo ir yo a llevar a los muchachos a Puebla y  por este motivo es necesario que vayas tú, como me habías ofrecido. Los muchachos deben estar allá a más tardar el dos de enero, de modo que urge mucho que dispongas tu viaje y te vengas con Silviano para que aquí recojas a los otros dos. Ojalá que mañana mismo pudieras venirte. Afmo. y S.S. que te bendice (firma)”.

Y así fue como continué, con el aliento y los buenos oficios del abuelo paterno, mi formación en el ámbito cristiano, de la cual nunca me he arrepentido, a pesar de las drásticas y dolorosas revisiones que en el aspecto ideológico he realizado a lo largo de los años.

Tal vez por todo eso fue Papá Vicente tan tolerante cuando le “expropié” dos magníficas obras que de seguro consiguió en alguno de sus viajes a la ciudad de México. La memoria no fue fiel para conservar los títulos, pero se trataba de una geografía universal, o más bien alguna reseña de etnias, con bastante espacio para España, pero sin ignorar el resto del mundo.

Y una historia sagrada, de aquellos relatos tan edificantes con los que era uno instruido en la tradición creyente. Ambas obras tan magníficamente presentadas, desde luego leídas y releídas por el nieto, pero tan injustamente tratadas por el mismo, que no se supo donde terminaron. Al igual que el viejo diccionario del otro abuelo, don Francisco Campos Báez, obra obligada de consulta en las aulas de Puebla.

¿Por qué estas referencias tan aparentemente, por lo anecdóticas, insignificantes?

Porque el abuelo, sabio como era, pretendía tal vez trascender lo que para él no fue posible, una vocación realizada en un nieto. Vocación, sí, tal vez de clérigo, pero más que eso, tal vez el sentimiento de que la única manera de trascender la postración del campesino, más en aquellos tiempos críticos de indefinición y del nacimiento de un nuevo México, era la instrucción.

El, don Vicente, había sacado a la instrucción elemental de su tiempo, una bella letra, una bella caligrafía, al igual que luego su hijo, don Encarnación Martínez Mejía.

Y el nieto que escribe, no, desde luego, ninguna bella letra, pero sí, es de esperarse, beber en algún ejemplo del abuelo (diría, ampliando la idea, de los abuelos, de las abuelas) lo que, a fin de cuentas, vendría a ser lo definitivamente importante: el saber vivir de una manera nueva, no por méritos propios, sino por una cierta fidelidad a lo que se recibe, a la tradición, incluido el comportamiento familiar, pues.

El tiempo de don Vicente Martínez, fue pues el tiempo de la búsqueda de un México nuevo, en medio de tanteos, indefiniciones en una pequeña comunidad que no escapaba a la turbulencia de la época. A él tocó, por propios méritos, ser secretario de la jefatura te tenencia, cuando era el jefe, también por sus propios méritos, don Agapito Arroyo.

En aquel tiempo, fines de la década, por 1928, se dio en Ziquítaro la primera dotación de Tierras. Siempre es cosa de autoridades determinar derechos, u obligaciones, derechos a salvo, como se decía en la jerga jurídica, posesiones, beneficiarios.

Quien sólo esté interesado en centrar sus enfoques en personas y sus historias entrelazadas, no podrá dejar de mencionar a los beneficiados por la primera dotación. Fueron muchos de ellos nuestros abuelos (bisabuelos o tatarabuelos, para muchos, muchas de ahora):

Apolonio Aguiñiga, Francisco Aguiñiga H., Maximino Aguiñiga, Encarnación Aguiñiga, Pascual Aguiñiga, J. Refugio Aguiñiga, Feliciano Aguiñiga, Delfino Aguiñiga, Antonio Aguiñiga, Vicente Alvarez, Amado Arias, Luis Arias, José Arias, Porfirio Báez, Felipe Bolaños, Rubén Duarte, Francisco Duarte hijo, Benjamín Duarte, Benito Cabrera, José Camacho, Francisco Camacho, Jesús Camacho.

Además, Martín Campos, Enrique Campos Salgado, Rafael Campos, Luis Campos Guillén, Ignacio Campos Salgado, Juan Campos Cerda, Onofre Campos, Luis Campos Aguiñiga, Bernardino Campos, Ignacio Campos Puga, Joaquín Campos, Ramón Carranza, Encarnación Carranza,  Aristeo Cerda, Adolfo Cerda, Rubén Fernández, Epigmenio del Río, Cayetano Madrigal, Aristeo Cerda, J. Refugio Campos, Catarino Campos.

También  J. Refugio Garnica, Francisco Gómez Fernández, Francisco Ibarra, Ciriaco Ibarra, Rafael López, José López, Toribio López, Isaac Madrigal, Gabriel Maldonado, Rafael Martínez C., Ramón Martínez, Francisco Martínez A., Rafael Martínez C., Antonio Martínez, Pascual Maya H., Francisco Gómez Fernández, Joaquín Mejía, J. Guadalupe Madrigal, Santiago Montañez, Susano Mora, Francisco Mora, Tranquilino Montañez, Epifanio Mora, Benito Nájera, José Pérez, Refugio Pérez, José María Pérez, Florencio Mares, Margarito Pérez, Francisco Pulido, Luis Ojeda, J. Refugio Ojeda, Juan Ojeda, José Roa, Mariano Ríos, Leocadio Ojeda, Pedro Ojeda, Julián Roa, J. Trinidad Roa, Joaquín Ruiz Ojeda, Fidencio Rodríguez.

Y Juan Rodríguez, Joaquín Ruíz Vargas, Joaquín Ruíz Ojeda, Maximiano Ruíz, Miguel Ruíz, Francisco Silva, Antonio Sánchez, Agapito Zamudio, Francisco Zamudio, Atenógenes Zamudio, José Torres, Rafael Vargas, José Vargas, Genaro Vargas, Santiago Vargas, Francisco Vargas, Agapito Ventura hijo, Aniceto Ventura, Feliciano Ventura, Francisco Ventura, Florencio Mares, José Pérez.

Como don Vicente Martínez del Río y su compañera doña Petra Mejía Campos, don Francisco Campos Báez y su compañera doña María Cerda Carranza, don Ricardo Maldonado Guillén y su compañera doña Marina Madrigal Morales, mencionados en lo que va de estas semblanzas, muchos de nuestros abuelos (bisabuelos o tatarabuelos para muchos y muchas de ahora, vale decir de nuevo) le agarraron algunos años al Siglo XIX.

Su infancia transcurrió durante los días relativamente pacíficos de fin de siglo, en plena era porfiriana; y su juventud primera, la de su prolífica progenie de la cual venimos, en los años agitados de la Revolución Mexicana.

Y vendrían luego los años de la búsqueda, no siempre tersa, de la época postrevolucionaria, cuyas ventajas y desventajas empezamos ya a palpar los de las siguientes generaciones.

Mucho de lo que sucedió en aquellas épocas, lo sufrieron y padecieron ellos. Un mundo rural de hacendados, fue transformándose en un nuevo régimen mixto, el de la propiedad de la tierra y el del usufructo ejidal, con sus ventajas y sus fallas en cada caso.

Nuestros abuelos fueron los primeros ejidatarios y vendrían después muchos, muchos cambios, algunos de los cuales los de generaciones posteriores los hemos vivido.

No se entendería el pasado de nuestros pueblitos, como dije arriba, si no se entendiera que su vida social, política y económica, estaba supeditada a las decisiones del centro. Ese centro que a veces requería fidelidades de hombres fuertes en comunidades y regiones, a fin de sostenerse. Desde luego, con todos los claroscuros que ahora se conocen.

En ese ambiente nacieron y crecieron nuestros mayores. Sí, de ellos se heredaron penares, pero también lo que realmente vale, el amor al terruño, las aspiraciones de que siempre, siempre, los que los siguieran fueran mejores y que de peones se transformaran en hombres libres, pero más instruidos. Y, por qué no, conforme a su concepción, temerosos de Dios y respetuosos de sus hermanos los seres humanos. Como muy probablemente lo sentía y pensaba don Vicente Martínez del Río. Creo haberlo captado así. Y por ello, vaya hacia él mi recuerdo y mi homenaje.

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