La Chivada y el prado florido, I . Silviano Martínez Campos

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LA CHIVADA EN LOS PRADOS FLORIDOS. LA PIEDAD

(Texto y fotos de Silviano.Cuando no, se indica)

LA PIEDAD

LA CHIVADA Y EL PRADO FLORIDO

Cómo quisiera uno que este contraste de la campiña durante agosto y septiembre, no fuese tan marcado con la de mayo, junio. Entonces, la aridez desoladora; ahora, bellísimo este trozo de pradera bendecido por las lluvias, escasas, cierto, pero fruc-tíferas, de agosto, septiembre.

Porque las nubes se negaron a su paso por aquí, a soltar su agua en junio, cuando antes fieles, en toda la región, respetaban la voluntad de San Isidro y eran puntuales en su cita anual en arroyos, llanos y mogotes.

¿Será cierto, como dicen los viejos, que las cosas ya no son como antes?. ¡Quién sabe!. Pero el arroyo de aquí abajo, bautizado  en el tiempo por no sé quién como el Arroyo Cinco de Oros, a veces sí, a veces no, pero ya casi nunca, hace crecientes y dejó de ser corriente para restregarnos en la cara, más bien, en la vista, las piedras negruscas que pulieron otros siglos.

¿O será cierto eso que dicen, que está cambiando el clima y de alguna manera, aun cuando leve, ya nos llegó el ramalazo?. Puede ser, pero según cuentan los viejos, las cosas ya no son como antes, ni en nada, pero menos en eso de la puntualidad de las lluvias estacionales.

Bellísimo este te tiempo, aquí, y los dramas del deshielo del Artico, o las inundaciones aquí o allá, en nuestra esfera planetaria, sólo nos llegan de pasada y con prisa en los avances de los noticieros. Por eso las chivas se dan gusto en el pastizal antes de que manos inconscientes enciendan el fósforo para la quema depredadora y contaminante, allá por octubre o noviembre . Pero el prado, aún como erial, almacenará en la reserva de su suelo, entre casahuates, matorros y peñas,  sus millones de gérmenes por centímetro cuadrado, en espera del año próximo, porque al fin y al cabo la Esperanza no sólo no muere al último, sino de plano nunca muere.

Porque sí, porque los vaivenes de las nubes y de sus patrocinadores los vientos, nos enseñarán que nunca es tarde para reconciliarnos con la yerba, el matorro y el bicho y que no es para avergonzarse de nuestro mutuo parentesco, porque según dicen, todos somos valiosos porque después de todo somos también polvo de estrellas.

Y, por último, debo hacer una observación responsable: en algunas de las fotos que me tomó Emmanuel mi hijo, aparezco debajo de un casahuate, con sombrero y todo, acompañado de La Peque, la perrita que saco a los prados para que corretee ardillas. Digo esto, porque más de alguien pudiera relacionarme con las chivas. Ninguna relación con ellas, salvo el parentesco que nos dio la evolución de las cosas, y la coincidencia en el paseo por los prados.

Lo que pasa es que como dice el dicho, la cabra siempre tira al monte y durante mis paseos con La Peque, me refugio en la sombra de este casahuate, o de item otros más, en mi cosecha de nostalgias. Cada quien su lugarcito, las chivitas en el suyo, los prados en el de ellos y a mi me dio por desenraizarme y en lugar de cultivar ecuaros o parcelas, he procurado cultivar palabras, y no me corresponde a mi testificar si lo hago bien o no tan bien, pero puede estar seguro que hago mi esfuerzo por ser el servidor de la palabra, o tal vez de La Palabra,  pero esto último me da temblor, cus-cus y mejor aquí lo dejo.

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