Y de qué se trata…

Lo mismo  , pero más cordial. Cordial, del corazón, más del fondo en el cual se archivan los recuerdos, el taller donde se tejen los sueños, el país donde se navega en las nubes no siempre de algodón; donde los vientos cimbran el alma. Y tal vez también las praderas donde se reciben susurros para que se graben además en la camarita del si mismo y se reproduzcan, para quien quiera escucharlos, a la antigüita, mediante las agujas de la letra impresa que presionan al disco (no el duro, sino el más rústico, el de acetato)  para qmien tenga oídos escuche sus mensajes. Pero no los mensajes de ultratumba, sino los mensajes que transmite, la transparente mirada del niño, en su sonrisa la angélica muchacha; el canto mañanero de la conguita, las alabanzas perfumadas que suben agradecidas al cielo mañanero desde la florida pradera. Pero también las quejas doloridas del anciano abandonado, la sinrazón en la falta de entendimiento entre nosotros mismos, pero también y además, el espejo del otro en que nos reflejamos y el espejo propio que espera uno en él se refleje el otro. Porque después de todo, somos todos de alguna manera mensajeros de La Palabra hecha imagen, hecha letra, hecha amor y, como dicen quienes escudriñan los destinos de los astros, hecha el Corazón del Mundo. Porque después de todo, un afecto una vez nace, nunca jamás

muere, sino se desparrama perfumado para que con él se regeneren las cosas. (Silviano Martínez Campos. Fotos de Miguel y Emmanuel)

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